24 nov. 2009

LENGUA BRAILE.


El Braille se originó a partir de la necesidad de encontrar un sistema para los ciegos que permitiera la lectura y la escritura con todos los caracteres que utlizan las personas que pueden ver. La única diferencia (además de la forma de las letras), es que para poderlo leer no se utiliza, obviamente, el sentido de la vista, sino el del tacto. Las letras del alfabeto Morse son, más que escritas, perforadas en una superficie que permite el relieve de los puntos, para que así las personas puedan ir "sintiendo" su combinación y descubran de qué letra se trata.
CODIGO MORSE.
El código Morse fue inventado por Samuel Morse en 1838. Morse fue un inventor que abrió las comunicaciones a larga distancia durante la segunda mitad del siglo XIX. El código Morse representa los caracteres de los alfabetos empleados tradicionalmente a través de 'puntos' y 'líneas' que corresponden a impulsos eléctricos que producen una señal acústica o luminosa de una cierta duración. Tomando el punto como unidad, este tiempo de duración aproximadamente es de 1/25 seg. Siendo una línea el equivalente en tiempo a tres puntos. Los espacios entre letras son de tres puntos y entre palabras de 5 puntos. El código Morse se implantó en muchos sitios desde la utilización de un aparato (otro invento de Morse) que funcionaba (y funciona), con la corriente eléctrica: el telégrafo.


EL ESPERANTO.


La cucaracha.



La nigra blato, la nigra blato jam ne povas iri plu car gi ne povas car al gi mankas el la postaj kruroj du.
Al maljunulino petis maljunul' aferon seksan, sed la virino respondis mi pri tio estas eksa.
La nigra blato, la nigra blato ....
Oni diras ke la vento same kiel virin' estas car gi ciam iras tuje kien pli da varmo nestas
La nigra blato, la nigra blato ....
Ie meze de l'arbaro juna paro de amantoj, kiam ili sin kisadis audis sonojn de fekantoj.
La nigra blato, la nigra blato.
Al la "Esperantisto" (Poema de L.L. Zamenhof) (fragmento)

En bona hor'! Ni audis la signalon kaj bataleme saltas nia koro. Konduku nin, komencu la batalon sub bona stelo, en felica horo!
Amikoj de proksime, malproksime, salutas vin, ho nia luma stelo! Konduku nin, senhalte kaj sentime, al nia granda, sankta, glora celo!
Ni studi kon patro y patrini (Nosotros estudiamos con papá y mamá)
Nia koro y bono sentime al niagrado amikoj




Palabras de raices latinas.

Palabras con raices latinas:

“acrobacias”

“las alturas”

“bata”

“baino”

Ejemplo:

Si a usted o a mí, se nos ocurre subir allá a la plataformita donde se coloca el acróbata para empezar a caminar por la cuerda, nos vamos a sentir horrorizados y vamos a pedir que llamen a los bomberos para que vengan a rescatarnos. Eso, ese horror a las alturas se llama acrofobia porque phobos en griego significa horror, pánico o por lo menos aversión, algo que no quieres por nada del mundo.


ENEIDA.

Canto las terribles armas de Marte y el varón que huyendo de las riberas de Troya, por el rigor de los hados pisó primero Italia y las costas lavinias. Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrado a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno. Mucho padeció en la guerra antes de que lograse edificar la gran ciudad y llevar sus dioses al Lacio, de donde vienen el linaje latino y los senadores albanos y las murallas de la soberbia Roma. Musa, recuérdame por qué causas, dime por cuál numen agraviado, por cuál ofensa, la reina de los dioses impulsó a un varón insigne por su piedad a arrastrar tantas aventuras, a pasar tantos afanes. ¡Tan grandes iras caben en los celestes pechos!


El texto es un fragmento de La Eneida - el Libro Primero de las aventuras del héroe troyano Eneas, fue escrito por el famoso poeta romano Virgilio.
Simbad el Marino

Hace muchos, muchísmos años, en la ciudad de Bagdag vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
- ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...
" Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdag..."
L legado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.
Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...
" Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
L legué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar."
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...
"Hubiera podido quedarme en Bagdag disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar.
De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..."
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.
"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas..."
Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
S imbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.
"Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos."
Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo...
Nosotras somos el equipo #1
Cynthia Mayela
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